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El Mundial de 2026 podría plantear un nuevo desafío para los pagos internacionales en América Latina

La Copa Mundial de 2026 debería servir como prueba de escala para la infraestructura de pagos internacionales. Si bien Brasil no es país anfitrión, los bancos, las empresas fintech, los minoristas y las compañías tecnológicas de la región se verán afectados por el aumento de las compras, los viajes, las reservas, los boletos y las transacciones en moneda extranjera. Este fenómeno pone de relieve un desafío que ha cobrado cada vez más fuerza: simplificar, asegurar y transparentar los pagos transfronterizos, integrándolos a la perfección en la experiencia del consumidor.

Este problema no surgió con el Mundial. El auge de las compras digitales internacionales, el comercio electrónico global y el turismo ya venían presionando a las instituciones financieras para que ofrecieran experiencias más fluidas en etapas como la conversión de divisas, la liquidación internacional, la autenticación de pagos y la prevención del fraude. El megaevento no hace sino acelerar esta demanda y evidenciar la diferencia entre quienes cuentan con una infraestructura preparada y quienes aún operan con procesos fragmentados.

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Durante los grandes eventos globales, los consumidores esperan pagar con la misma facilidad que en sus países de origen. La experiencia financiera se convierte en parte de la percepción de comodidad, confianza y competitividad de un país o empresa. Cuando un pago falla, se retrasa, genera cargos poco claros o requiere trámites excesivos, el problema deja de ser meramente operativo y comienza a afectar directamente la relación con el cliente.

En el caso brasileño, el impacto comienza incluso antes del viaje. El proceso implica la compra de boletos, alojamiento, seguros, cambio de divisas, el uso de tarjetas, billeteras digitales y, en algunos casos, soluciones basadas en cuentas globales o iniciativas de interoperabilidad entre métodos de pago. Para mantener este flujo, las instituciones financieras necesitan evaluar la capacidad de sus infraestructuras de pago, incluyendo Pix, SPB, integraciones con Swift, redes de tarjetas, motores de autorización, cumplimiento normativo y sistemas bancarios centrales.

La cuestión fundamental no reside simplemente en absorber un aumento repentino de la demanda. El reto consiste en conectar diferentes sistemas, divisas, normativas y modelos de liquidación sin trasladar la complejidad al usuario final. En los pagos internacionales, la experiencia debe parecer sencilla, incluso cuando la operación subyacente sea muy compleja.

Según datos del Banco Mundial, a través del informe Global Findex 2025, basado en información de 2024, aproximadamente el 75 % de la población adulta mundial ya utiliza pagos digitales. Estos datos ilustran el cambio de comportamiento: los consumidores que ya han incorporado los medios digitales a su rutina esperan encontrar la misma comodidad en viajes, compras internacionales y experiencias de entretenimiento en el extranjero.

En Latinoamérica, este movimiento también pone de manifiesto desafíos ya conocidos, como la dependencia de procesos manuales, los altos costos de las transacciones internacionales, la baja interoperabilidad entre sistemas y la fragmentación de las experiencias de pago. Al mismo tiempo, abre la puerta a la adopción acelerada de tecnologías como los pagos instantáneos, las billeteras digitales interoperables, los códigos QR, la autenticación biométrica y los modelos de liquidación en tiempo real.

Las soluciones transfronterizas están ganando protagonismo precisamente porque permiten a las instituciones financieras y a los comercios conectar diferentes mercados de forma más eficiente. La evolución de este ecosistema implica la integración de toda la cadena de pago, desde la autorización hasta la liquidación, incluyendo el cumplimiento normativo, la prevención del fraude y la gestión del tipo de cambio. Quienes consideren el pago transfronterizo simplemente como una función de pago perderán una oportunidad estratégica para fortalecer la relación con sus clientes.

Lo más importante es que la transformación no se definirá únicamente por la capacidad de atender a los turistas durante el evento. El verdadero impacto radicará en convertir este avance en beneficios permanentes para los consumidores y las empresas locales. La confianza sigue siendo un factor decisivo para la expansión de los pagos digitales, especialmente en las transacciones internacionales, que aún generan dudas sobre la seguridad, las comisiones, la transparencia del tipo de cambio y la fiabilidad de los servicios.

Por lo tanto, la evolución del mercado transfronterizo exige más que tecnología. Requiere formación financiera y digital, experiencias centradas en el usuario e infraestructura capaz de soportar operaciones globales con seguridad y escalabilidad. Para bancos, empresas fintech y minoristas, existe una clara oportunidad para reposicionar los pagos internacionales como una parte estratégica de la experiencia del cliente, y no solo como una capa operativa.

Las pequeñas empresas también pueden beneficiarse de este movimiento. A medida que las nuevas formas de pago reducen las barreras de entrada y simplifican las transacciones internacionales, las empresas con menor grado de digitalización se encuentran en mejor posición para participar en la economía global. Este es quizás uno de los legados más importantes de eventos de esta magnitud: no solo impulsa el consumo a corto plazo, sino que también acelera la inclusión de empresas y consumidores en una dinámica financiera más interconectada.

El Mundial de 2026 no creará la demanda de pagos internacionales. Simplemente debería hacerla más evidente. El sector financiero que logre combinar comodidad, transparencia, seguridad e integración estará mejor preparado para competir en una economía digital sin fronteras.

Jorge Iglesias es el director ejecutivo de Topaz, una de las mayores empresas tecnológicas del mundo especializada en soluciones financieras digitales y que forma parte del Grupo Stefanini.

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